Undécimo Programa. Los errores de tocar la luna.

Elena-Odriozola2

Estimado ser imaginario:

Cuando en 1969 el apolo 11 llegó a la luna, los más afectados fueron los poetas. Para ellos, la principal función de la luna era ser inalcanzable, anhelable, deseable, y se lo han quitado a golpe de oro y esfuerzo, porque tocar la luna sale carísimo, oiga, en energía, política y trabajo necesario para superar las cadenas de gravedad. ¿Lo has oído? Todavía piensan que lo que impedía tocar el cielo era la gravedad. ¡Qué estulticia! La gravedad es razonable y nunca se metería en nuestros proyectos, es como la naturaleza, que nos deja hacer. No, ser imaginario, el verdadero escollo a superar fue el anhelo de cientos de poetas enamorados que soñaban con una luna inalcanzable.

 

El Consejo. Cuentos para Bebés.

Y cuando digo bebés, quiero decir personitas de 2 a 4 años, inclusive 5, ¿Qué contar a una cosa tan pequeña?, que es todo ojos mirándote con atención pero sin entender casi nada de lo que dices. Bueno, cada maestrillo tiene su truquillo, lo que he aprendido es que el cuento debe ser muy sencillo y con mucha repetición, versando sobre temas que conozcan bien: mamá, papá, colores, números (hasta donde sepan contar), animales… Investigando diferentes modos de contar cuentos a los pequeños descubrí, casi sin querer, a contar cuentos con las manos.

Te explico: Narro la historia tal cual, pero los personajes son mis propias manos, sin más, moviéndolas con sencillez y sin posturas complicadas, un señor que camina con los dedos, una barca que no es más que el dorso de la mano estirada, un monstruo con todo el brazo y los dedos engarrotados. Contar con las manos tiene tres ventajas fundamentales sobre contar con títeres:

1. La mano es neutra, no se parece a nada, y por ende, se parece a todo, lo neutro dispara la imaginación. Te juro que después de cinco minutos contando un cuento de una ovejita la gente deja de ver mi mano y la sustituye por un auténtico bovino lanudo.

2. Los movimientos de mano son imitables. Todos tenemos una. A los bebés les divierte tratar de repetir los movimientos con sus manitas, y quieren hacerlo al mismo tiempo que tú, es decir, ellos sienten que están contando el cuento contigo, y les encanta.

3. La sencillez. No necesitas nada más que tú misma para entretener a un público. Siempre hago mucho hincapié en no esconderte detrás de nada para contar cuentos, a no ser que sea algo coherente con la historia. Muchos narradores, por miedo a no poder entretener al público por sí mismos despliegan un muestrario de disfraces, muñecos, juguetes… Vamos a ver, si se hace por una necesidad de la historia lo veo adecuado, pero si es porque no sabes cautivar al público sin nada más que tu mismo, entonces lo que debes hacer es sacar menos atrezzo y trabajar más.

Añado de nuevo que es fundamental introducir repeticiones en el cuento, ya sea una canción, un movimiento, unas palabras… fáciles de recordar por el bebé y que le ayude a regresar a la historia si se despista. Por último, la capacidad de atención de un menor de 5 años es aproximadamente de media hora, así que no te frustres si te cuesta mantenerlos contigo más de ese tiempo.

El Minicuento

El minicuento de hoy tiene algo de trocito de tiempo, porque es un cuento-poema de una de mis personalidades preferidas de Granada, de los que permanecen inmortales en Gran Vía, tan quietos, que cualquiera diría que son estatuas, más no es cierto, se mueven, solo que muy despacio, porque su tiempo ya no está sujeto a la brevedad de una vida humana. Han trascendido y su tiempo ahora es eterno, y cuando posees todo el tiempo del universo para moverte, lo que menos tienes es prisa.

Un Perro Cojo

Con una pata colgando,
despojo de una pedrada,
pasó el perro por mi lado,
un perro de pobre casta.
Uno de esos callejeros,
pobres de sangre y estampa.
Nacen en cualquier rincón,
de perras tristes y flacas,
destinados a comer
basuras de plaza en plaza.
Cuando pequeños, qué finos
y ágiles son en la infancia,
baloncitos de peluche,
tibios borlones de lana,
los miman, los acurrucan,
los sacan al sol, les cantan.
Cuando mayores, al tiempo
que ven que se fue la gracia,
los dejan a su ventura,
mendigos de casa en casa,
sus hambres por los rincones
y su sed sobre las charcas.
Qué tristes ojos que tienen,
que recóndita mirada
como si en ella pusieran
su dolor a media asta.
Y se mueren de tristeza
a la sombra de una tapia,
si es que un lazo no les da
una muerte anticipada.
Yo le llamo: psss, psss, psss.
Todo orejas asustadas,
todo hociquito curioso,
todo sed, hambre y nostalgia,
el perro escucha mi voz,
olfatea mis palabras
como esperando o temiendo
pan, caricias...   o pedradas,
no en vano lleva marcado
un mal recuerdo en su pata.
Lo vuelvo a llamar: psss, psss.
Dócil a medias avanza
moviendo el rabo con miedo
y las orejitas gachas.
Chasco los dedos; le digo:
"ven aquí, no te hago nada,
vamos, vamos, ven aquí".
Y adiós la desconfianza.
Que ya se tiende a mis pies,
a tiernos aullidos habla,
ladra para hablar más fuerte,
salta, gira; gira, salta;
llora, ríe; ríe, llora;
lengua, orejas, ojos, patas
y el rabo es un incansable
abanico de palabras.
Es su alegría tan grande
que más que hablarme, me canta.
"¿Qué piedra te dejó cojo?
Sí, sí, sí, malhaya".
El perro me entiende; sabe
que maldigo la pedrada,
aquella pedrada dura
que le destrozó la pata
y él, con el rabo, me dice
que me agradece la lástima.
"Pero tú no te preocupes,
ya no ha de faltarte nada.
Yo también soy callejero,
aunque de distintas plazas
y a patita coja y triste
voy de jornada en jornada.
Las piedras que me tiraron
me dejaron coja el alma.
Entre basuras de tierra
tengo mi pan y mi almohada.

 

Vamos, pues, perrito mío,
vamos, anda que te anda,
con nuestra cojera a cuestas,
con nuestra tristeza en andas,
yo por mis calles oscuras,
tú por tus calles calladas,
tú la pedrada en el cuerpo,
yo la pedrada en el alma
y cuando mueras, amigo,
yo te enterraré en mi casa
bajo un letrero: «aquí yace
un amigo de mi infancia».
Y en el cielo de los perros,
pan tierno y carne mechada,
te regalará San Roque
una muleta de plata.
Compañeros, si los hay,
amigos donde los haya,
mi perro y yo por la vida:
pan pobre, rica compaña.
 
 
Era joven y era viejo;
por más que yo lo cuidaba,
el tiempo malo pasado
lo dejó medio sin alma.
Y fueron muchas las hambres,
mucho peso en sus tres patas
y una mañana, en el huerto,
debajo de mi ventana,
lo encontré tendido, frío,
como una piedra mojada,
un duro musgo de pelo,
con el rocío brillaba.
Ya estaba mi pobre perro
muerto de las cuatro patas.
Hacia el cielo de los perros
se fue, anda que te anda,
las orejas de relente
y el hociquillo de escarcha.
Portero y dueño del cielo
San Roque en la puerta estaba:
ortopédico de mimos,
cirujano de palabras,
bien surtido de intercambios
con que curar viejas taras.
"Para ti...   un rabo de oro;
para ti...   un ojo de ámbar;
tú...   tus orejas de nieve;
tú...   tus colmillos de escarcha.
Y tú, -mi perro reía-,
tú...  tu muleta de plata".
Ahora ya sé por qué está
la noche agujereada:
¿Estrellas...   luceros...?  No,
es mi perro cuando anda...
con la muleta va haciendo
agujeritos de plata.
 




Y para terminar

Así acaba este cuento de cuna
que cuenta mi abuelo en el monte
para que se duerma la luna.

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